“Me dijeron que me voy a morir. Es tonto: no debería necesitar que me lo digan. Pero una cosa es saber que te vas a morir alguna vez –empeñarte en olvidar que te vas a morir alguna vez– y otra muy otra que te digan que hay un plazo y ni siquiera es largo”.
Martín Caparrós. Antes que nada, 2024.
No recuerdo cuando lo conocí. Seguramente en algún congreso, en un curso o seminario organizado por el Departamento de Patología del INCMNSZ donde él trabajaba y sobresalía como un profesional muy destacado. Un curso en el que seguramente él era profesor y terminaba su reflexión con un diálogo íntimo con quienes lo escuchábamos.
Braulio era mucho más que eso. La calidez que le imprimía a todo, fuese o no dentro de la academia, era contagiosa. Simplemente, uno no se podía negar cuando era requerido. Y no lo podía hacer porque siempre se estaba en deuda con él. Sin embargo, y eso también lo definía, era un acreedor bondadoso, comprensivo con las flaquezas de quienes difícilmente podíamos estar a la altura de su generosidad.
El desconcierto que provocaba deliberadamente era su forma de acercarse a quienes lo tratábamos. Una llamada telefónica en el momento menos pensado, una serie de mensajes cortos por WhatsApp en plena madrugada, frases inacabadas que dejaban adivinando su conclusión y a la espera de la siguiente acometida verbal que tal vez contuviese las palabras faltantes. Así era Braulio y, lo repito, mucho más.
Un ser humano, y menos un ser humano como él, es muy difícil de definir con una sola palabra. Si bajo tortura me obligasen a hacerlo, entonces escogería la palabra entusiasta. Esa palabra siempre me ha gustado. Tal vez porque la encuentro muy poco por ahí, sobre todo en este presente donde priva la uniformidad y la indiferencia a todo, salvo al dinero y a eso que se supone que se obtiene con él: el éxito, la fama, el reconocimiento social y hasta profesional.
Braulio era un ser humano y un patólogo entusiasta. Nos damos más cuenta ahora, que nos ha dejado no sólo desconcertados, sino desolados. Entusiasmo es una palabra cuya etimología es muy hermosa: “llevar a dios dentro”. Fuese el daimon de los antiguos griegos que inventaron la palabra, el Dios de los cristianos, el Dios de Spinoza, que se intercambia con la Naturaleza, o cualquier otra manifestación de la divinidad, lo seguro es que habitaba en el corazón de Braulio… ¿Habitaba? Sí, porque anoche lo tomó de la mano y se lo llevó a recorrer el universo para pasmo y dolor de todos nosotros.
El único consuelo posible es recordar siempre que gracias a él nuestra vida fue mucho más intensa, que sus estentóreas carcajadas siguen resonando en nuestros oídos y que su mirada brillante, inquisitiva, nos espía desde el infinito, mientras nos espera sonriente para iniciarnos en los grandes misterios en los que, estoy seguro, apenas a unas horas de su partida, es ya un consumado maestro.
Nos deja una tarea difícil: tratar de emular su entusiasmo. Otra cosa más nos pediría, muy infrecuente en la mayoría de los patólogos: reflexionar sobre el quehacer cotidiano. Ir más allá de “sacar los casos del día” para preguntarnos si podemos hacer mejor lo que siempre hemos hecho de la misma manera. Incluso cuestionar el verdadero valor del análisis morfológico, la ansiada objetividad que ahora parece al alcance de la mano gracias a las nuevas técnicas moleculares. Sé que él seguiría guardando un sano escepticismo.
Vuelvo a escuchar su risa. Se está divirtiendo a mi costa. No me importa. Le debo demasiado. Hace poco más de una semana me llamó. Le faltaba una idea para convocarnos al homenaje que le estaba preparando a su querido –a nuestro querido– maestro, casi padre, el doctor Arturo Ángeles. Le ofrecí una idea que se me ocurrió en ese momento. Brincó de nuevo con entusiasmo. Así era Braulio.
Él sabe que nos ha dejado a oscuras. Y nosotros sabemos que en este último y provocador acto de desconcierto, sólo nos resta enjugar las lágrimas y seguir adelante. Tal vez nos volvamos a encontrar. Ojalá.
Publicado por Luis Muñoz
