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EL CÁNCER DE MAMA NO ES COLOR DE ROSA

/ Vida de Patólogo / Por admin

La Organización Mundial de la Salud estableció en 1988 el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama para crear conciencia sobre la enfermedad y destacar las formas de prevenirla, diagnosticarla oportunamente y tratarla. Se conmemora cada 19 de octubre.

            Cuando al inicio de este siglo XXI el cáncer de mama se convirtió en el tumor maligno más frecuente de las mujeres mexicanas, superando al cáncer cérvico-uterino (del cuello de la matriz), el desafío que desde entonces tenemos que enfrentar es mayúsculo, tanto desde el punto de vista diagnóstico como terapéutico.

            El cáncer cérvico-uterino tenía varias ventajas, en especial su detección oportuna mediante el estudio de la citología cérvico-vaginal o Papanicolaou, un método barato, fácil de aplicar e interpretar, cuyo principal limitante era el temor y el pudor de las mujeres a quienes el ambiente familiar machista las disuadía de acudir a los servicios de salud con este propósito. Este estudio permite detectar, incluso con décadas de anticipación, las alteraciones (displasias) que conducen al desarrollo de un cáncer invasor. Al saber que su causa más frecuente es la infección por el virus del papiloma humano que se adquiere por contacto sexual, se desarrolló una vacuna muy eficaz que, aplicada en el momento adecuado, evita que el virus desarrolle su potencial cancerígeno.

            El panorama del cáncer de mama es muy distinto. La mastografía o mamografía, un método de detección que permite mediante una biopsia consecutiva el diagnóstico de sus formas precursoras e incipientes, requiere de un instrumento –el mastógrafo– mucho más costoso, en especial sus versiones más avanzadas, y exige que el técnico radiólogo que lo aplica y el médico radiólogo que lo interpreta tengan una formación especializada en este campo. En México se necesitan muchos más mastógrafos, especialmente mastógrafos digitales, técnicos y radiólogos bien capacitados de los que actualmente dispone el Sistema Nacional de Salud.

            Por otro lado, el cáncer de mama es una enfermedad cuya causa inicial, salvo los casos hereditarios que sólo representan del 5 al 10% del total, no conocemos con exactitud aunque, como sucede con otras enfermedades crónico-degenerativas, invocamos aspectos relativos al estilo de vida como la nutrición y el ejercicio físico. A diferencia del cáncer cérvico-uterino, el de mama tiene una evolución más impredecible, de modo que exige períodos de vigilancia mucho más prolongados para detectar su reaparición o su presencia fuera de la glándula mamaria (metástasis), sucesos que pueden ocurrir incluso décadas después de que una mujer se sometió al tratamiento. Las metástasis son la causa principal por la que mueren las mujeres por cáncer de mama.

            El cáncer de mama es uno de los que más se ha beneficiado de los nuevos tratamientos contra los tumores malignos. Estos tratamientos, basados en la detección de ciertas sustancias químicas (moléculas) en las células cancerosas, suelen ser costosos, aunque los más utilizados están disponibles en el Sistema Nacional de Salud, lo que permite que las personas con menos recursos económicos puedan recibirlos. Sin embargo, hay que señalar que la industria farmacéutica no deja de desarrollar nuevos medicamentos más potentes y con menos efectos secundarios que tardan cierto tiempo en estar disponibles en los hospitales públicos.

            El pasado 20 de octubre de 2024, el periódico español El País publicó un artículo que inspiró el presente texto, titulado Ningún cáncer es rosa, el de las mujeres tampoco. Escrito por Violeta Assiego Cruz, abogada y activista de derechos humanos, destaca sin medias tintas aspectos muy importantes sobre esta enfermedad que deberíamos tomar en cuenta:

            “Qué poca información clara y asequible tenemos las mujeres diagnosticadas de cáncer de mama. Esta no se ofrece, hay que buscarla, porque existir, existe, y es muy útil para hacer frente a los tratamientos, sus efectos secundarios, el pánico, las cicatrices y otras huellas que deja la enfermedad pasada la quimio, la radioterapia y las cirugías. Desconocimiento al que contribuyen las campañas rosas que romantizan estos procesos oncológicos y maquillan la realidad hasta convertirla en un cuento de princesas que van a ser salvadas por la marca de turno que donará una irrisoria cantidad de sus ventas a la investigación… Para concienciar sobre el cáncer de mama no hace falta teñir octubre de rosa y que nos entreguemos al consumismo. ¿Quién no tiene un caso de cáncer de mama o simplemente cáncer cerca de sí?”.

            Violeta Assiego pone el dedo en la llaga cuando señala la poca regulación existente sobre los productos con potencial cancerígeno que compramos, respiramos, comemos y bebemos, lo mucho que todavía se ignora sobre las causas de este cáncer y porqué el número de diagnóstico crece por encima del 12% desde el inicio del siglo y se ha disparado desde 2016. Y remata:

            “La investigación e innovación en oncología debe ser una inversión pública, sanitaria, social y económica. No puede depender de intereses empresariales y campañas de marketing que edulcoran la crudeza de una enfermedad como el cáncer y nos ponen a las mujeres con cáncer de mama a bailar y a saltar para que no decaiga la fiesta del lazo rosa”.

            Con motivo del Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama, en El Heraldo se publicaron la semana pasada varias notas relativas a esta enfermedad. Dos de ellas con información que para mí, médico especialista en el diagnóstico microscópico de las enfermedades como el cáncer, resulta aparentemente contradictoria. La primera, basada en las estadísticas del INEGI, alertaba sobre la mortalidad por cáncer de mama en Aguascalientes (18.9 por cada 100 mil mujeres) que, según esta fuente, supera ligeramente a la media nacional (17.9 por cada 100 mil mujeres). La segunda nota se congratulaba de que Aguascalientes destacase a nivel nacional en su lucha contra el cáncer mamario porque detecta oportunamente un número significativo de casos, permitiendo así tratamientos menos mutilantes y más eficaces. Es cierto que la posibilidades de curar un cáncer de mama aumentan si se detecta en sus etapas tempranas (la detección oportuna) pero, ¿cómo conciliar entonces una mortalidad que supera la media nacional si en Aguascalientes se detectan oportunamente un número tan relevante de casos? Debe existir una respuesta racional que, de momento, a mí se me escapa.

            A diferencia de los países desarrollados, en México, y Aguascalientes no es la excepción, la mayor parte de los casos de cáncer de mama se diagnostican en etapas avanzadas, cuando el tumor ya está invadiendo el tejido mamario vecino e incluso ya tiene metástasis en los ganglios linfáticos axilares. La tan recomendada medida de la autoexploración no es tan últil como se pregona, ya que cuando un tumor se puede palpar casi siempre se trata de un cáncer invasor. Hasta el momento, el único método que permite detectarlo en etapas incipientes y reducir su mortalidad es la mastografía, que debe practicarse de manera anual a partir de los 40 años y cada dos años a partir de los 55 años de acuerdo a la última versión del Consenso mexicano sobre el diagnóstico y tratamiento del cáncer mamario (2023).

            Anne Boyer, poeta y ensayista estadounidense, ganó en 2020 el Premio Pulitzer en la Categoría de No Ficción con su libro Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista, en la que narra su experiencia como víctima de un cáncer de mama especialmente agresivo:

            “Aunque el cáncer de mama puede sucederle a cualquiera con tejido mamario, son fundamentalmente las mujeres las que soportan el peso de sus calamidades. Estas calamidades le sobrevienen a las mujeres con cáncer de mama en forma de muerte prematura, muerte dolorosa, tratamiento discapacitante, efectos retardados discapacitantes de los tratamientos, la pérdida de sus parejas, de sus ingresos y de sus facultades, pero también a causa del laberinto social de la enfermedad: su política de clase, sus delimitaciones de género y la distribución racializada de la muerte, su plan rotatorio de instrucciones confusas y brutales mistificaciones. Pocas enfermedades hay que sean tan calamitosas para las mujeres por sus efectos como el cáncer de mama, y menos aún que sean tan prolíficas en sus agonías”.

            No, el cáncer de mama no es color de rosa.

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