Un párrafo de la presentación que hace Antonio Muñoz Molina a la Trilogía de Auschwitz (Océano/El Aleph Editores, 2012) de Primo Levi me ha llamado la atención:
“Escritor, judío, superviviente de Auschwitz: cabría decir que esos tres rasgos definen la identidad y el destino de Primo Levi, pero es muy revelador de su carácter que en ninguno de los tres se instalara con comodidad, o sin incertidumbres. […]
La Química era para Levi una vocación que implicaba una ética y también una estética: la ética del trabajo bien hecho, en el que se ponen los cinco sentidos, al que se dedican las fuerzas mejores de la inteligencia; la estética de la claridad y la precisión, antídoto contra las retóricas embusteras y las palabrerías infecciosas del fascismo, y contra las vaguedades y las indulgencias de la literatura. A Primo Levi la Química le sirvió cono asidero contra una realidad hostil durante su adolescencia de judío apocado, le dio una pasión intelectual vigorizadora en medio de la conformidad social de la Italia fascista y además, literalmente, le salvó la vida en Auschwitz, al permitirle la ventaja crucial de trabajar al abrigo de un laboratorio durante los meses más fríos de un invierno que habría sido letal para él como lo fue para tantos otros, si hubiera tenido que soportarlo a la intemperie”.
Salvo durante el año y medio que fui médico adscrito en el Departamento de Patología del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, siempre he incluido personalmente las biopsias, piezas quirúrgicas y especímenes de autopsia que he estudiado los últimos treinta y dos años, y seguramente lo seguiré haciendo hasta el final de mi vida profesional. Ni siquiera durante los treinta años de trabajo público en el Servicio de Anatomía Patológica del Centenario Hospital Miguel Hidalgo de Aguascalientes, veinte de los cuales fui el jefe trabajando a la par de mis colegas, dejé de hacerlo. No me importó que ocasionalmente rotaran residentes de cirugía general o de radiología en nuestro Servicio. A la hora de incluir, los puse a mi lado para que aprendiesen, sobre todo a describir –“la buena descripción es como el 80 % del diagnóstico”, les decía–, sin permitir que me reemplazasen en la manipulación y preparación de las muestras para el proceso histológico.
Médico inclinado a la lectura de muchos temas –me considero un lector desordenado–, el diario contacto con nuestra realidad biológica y orgánica me ha permitido tener los pies sobre la tierra, el humus y, por tanto, apreciar el verdadero sentido de la humildad, palabra que comparte raíz con humus, y que no tiene que ver con el sometimiento ni la cobardía, sino con el reconocimiento de los propios límites. Nada como la contemplación del interior de un cuerpo humano devastado por la enfermedad para cobrar conciencia de nuestra fragilidad. Como dice el doctor Francisco González Crussí en su primer libro Notas de un anatomista (FCE/CONACyT, 1990):
“Así sucede también con la autopsia: su valor didáctico reside por completo en su poder coercitivo. Abandonada a las abstracciones, nuestra mente quisiera buscar refugio en filosofías que afirman que somos únicos, pero la autopsia revela, de la manera más brutal, que somos iguales. Quisiéramos consolarnos con pensamientos que alienten nuestro deseo de permanencia, cuando la autopsia nos jala de los cabellos a contemplar el espectáculo de nuestra propia disolución”.
A lo largo de mi carrera profesional, para mí ha sido fundamental tener la experiencia visual, táctil e incluso olfatoria que nos proporciona la preparación personal de las muestras que estudiamos y, junto con la información clínica y de los estudios paraclínicos, integrarla en un todo que me ha permitido una comprensión cabal de cada caso que me ha tocado diagnosticar. Por eso me resulta cuando menos desconcertante la conducta de algunos colegas que aprovechan la menor oportunidad para evitar el trabajo de la disección e inclusión de las biopsias y piezas quirúrgicas, especialmente de las más voluminosas y complejas. E igual sucede con la práctica de la autopsia, un ejercicio de integración como pocos, hoy en franco declive.
Incluir personalmente las muestras que estudiamos va de la mano con el cultivo de otra actividad que para mí ha sido importante y a la que también cada vez se le presta menor atención: la descripción macroscópica y microscópica minuciosa. Sobre este tema ya escribí en una entrada anterior (https://vidadepatologo.wordpress.com/2020/12/15/describir-o-no-describir-esa-es-la-cuestion/).
En la actualidad se prefiere que nuestros informes o reportes, como muchos los llaman, adopten un formato más simplificado, que yo llamo “cibernético o técnico”, para que su lectura le sea más fácil y directa al médico tratante, privilegiando la expresión de los datos de valor pronóstico y los que guían las decisiones terapéuticas. Nada de malo hay en ello, todo lo contrario, pero parece haber desplazado e incluso suprimido las descripciones detalladas que son propias del formato tradicional que yo llamo “literario o artístico”.
En el caso de los departamentos de patología académicos en los que se forman residentes de la especialidad, son estos los que incluyen las muestras y después, asesorados estrechamente por los médicos adscritos, diagnostican y elaboran los informes de cada caso. Los patólogos que supervisan a los residentes no suelen incluir las muestras, pero esta separación de tareas se justifica plenamente en beneficio de la educación y adiestramiento de los residentes. En otros países como los Estados Unidos existe personal auxiliar (pathologist´s assistant) que se dedica a incluir las muestras menos complejas.
La vida de “patólogo provinciano” me ha llevado por un camino en el que no he contado con residentes ni asistentes en la inclusión de las muestras, así que desde un principio y hasta la fecha he tenido que hacer yo solo todo el trabajo. No me arrepiento. A esto que para algunos significa una forma de esclavitud o un trabajo poco digno de un profesional curtido, le he sabido encontrar su lado positivo, con frutos que incluso van más allá de lo estrictamente profesional para rozar lo filosófico. Uno de esos aspectos es una visión integral de los casos capaz de resistir la influencia disolvente de la marcada especialización y la fragmentación del conocimiento tan propias de nuestro tiempo.
Como a Primo Levi le pasaba con la Química y guardando la debida proporción, para mí incluir también implica una ética y una estética: “la ética del trabajo bien hecho, en el que se ponen los cinco sentidos, al que se dedican las fuerzas mejores de la inteligencia; la estética de la claridad y la precisión”.
Sé que todo esto no son sino reflexiones de un patólogo con raíces en el pasado pero que trabaja en el presente y ya ve relativamente próximo el fin de su recorrido profesional. Los jóvenes lo llamarán nostalgia y está bien. Cuando ellos lleguen al punto en el que yo me encuentro se darán cuenta de que lo que hoy consideran la frontera del conocimiento se volverá también obsoleto y sentirán sobre sí la mirada misericordiosa de los más jóvenes. Es la ley de la vida.
