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LOS PATÓLOGOS Y LOS MUERTOS

/ Vida de Patólogo / Por admin

A los médicos anatomopatólogos nos siguen relacionando con los cadáveres, con los muertos. Así lo reconoce también la Secretaría de Salud, que ha designado el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos en la tradición católica, Día del Patólogo y la Patóloga. La razón salta a la vista: los patólogos realizamos autopsias en los pacientes hospitalizados, sobre todo si trabajamos en los hospitales públicos. Esta actividad, que se lleva a cabo para investigar la enfermedad, conocer la causa de la muerte e indagar otras lesiones que no fueron diagnosticadas en vida, sirve también como control de calidad de la atención médica y es una herramienta educativa muy útil para los propios patólogos, el resto de los médicos y para todo el personal sanitario.

            Por otro lado, es lógico que nos vinculen con los muertos. Si bien la autopsia con propósitos médicos data al menos del Renacimiento, fue en el siglo XVIII cuando adquirió la categoría de diagnóstico definitvo, fue en el siglo XIX cuando transformó de manera definitiva la medicina clínica. Surgió principalmente en Francia la correlación clínico-patológica o anatomo-clínica, que sentó las bases científicas de la práctica médica. En esa época eran los médicos clínicos quienes realizaban las autopsias de sus propios pacientes. 

            Poco a poco aparecieron médicos que hoy ya reconoceríamos como patólogos, especializados en esa tarea. Eran a la vez científicos que investigaban las causas y mecanismos de las enfermedades. Ejemplos sobresalientes de estos especialistas fueron Carl Rokitansky y, sobre todo, Rudolf Virchow. Ellos y otros no estaban primordialmente interesados en formar parte del equipo sanitario que atendía a los pacientes vivos hospitalizados. Eso vendría después, se llamaría patología quirúrgica y lo inventarían inicialmente cirujanos sobre todo estadounidenses, interesados en el análisis microscópico al que acabaron dedicándose de lleno para auxiliar a sus colegas en los quirófanos. A partir de ahí, nacieron los estudios transoperatorios y las diversas ramas de la patología qurúrgica, paralelas a las demás especialidades médicas, todas al servicio de los vivos. En ese enfoque estamos inmersos hoy.

Ya en pleno siglo XX, los patólogos, expertos en la observación de células y tejidos, dispusieron de técnicas que les permitieron acceder a niveles cada vez más profundos de la organización de la materia viva. Empezaron con el microscopio electrónico que les permitió asomarse al nivel subcelular. Más tarde, aprovechando el auge de la inmunología, se desarrolló la inmunofluorescencia y la inmunohistoquímica que revelaron, todavía con el microscopio, la casi infinita variedad de las moléculas biológicas, elementos constitutivos de las células. 

En las últimas décadas del siglo pasado y a lo largo de este siglo XXI cobraron un auge inusitado las técnicas de la biología molecular y el acceso a las alteraciones del material genético que impulsaron el desarrollo de nuevos tratamientos para los tumores malignos, modalidades terapéuticas conocidas como medicina personalizada. En todo ello los patólogos han estado y siguen estando a la vanguardia, constituyéndose en colegas indispensables de los médicos tratantes y “guiando tanto la mano del cirujano”, como la prescripción de los medicamentos más avanzados contra “el emperador de todos los males”. Así ha nacido la subespecialidad de la patología molecular.

Por este vasto panorama profesional en manos de los patólogos actuales, a algunos les incomoda la añeja vinculación con los cadáveres. Máxime cuando la autopsia médica se está convirtiendo en un procedimiento que se practica cada vez menos. Se aduce que es innecesaria en un momento del devenir de la medicina en el que se cuenta con poderosas herramientas diagnósticas que detectan las más mínimas alteraciones de los pacientes vivos. Por eso los médicos clínicos rara vez la solicitan. Hay otras razones que explican la decandencia de las autopsias. La autopsia es un procedimiento que puede llegar a ser agotador, tanto física como mentalmente. Lo que parece indudable es que, cuando de hace con minuciosidad, obliga a un esfuerzo de integración como posiblemente no conlleva ningún otro procedimiento en la medicina. Es la última oportunidad para reconstruir la historia de un enfermo y, sin embargo, la autopsia rara vez se reconoce cabalmente ni por los colegas clínicos ni por los cirujanos. Para colmo y salvo raras excepciones, casi nunca se le paga a un patólogo para llevarla a cabo. Por eso no todos los patólogos desean invertir tanto tiempo y esfuerzo en semjante tarea.

            El pasado sábado 2 de noviembre de 2024, en un grupo de WhatsApp que reúne a los miembros de la Federación de Anatomía Patológica de la República Mexicana, se suscitó un intercambio de opiniones entre quienes les parece bien que coincidan en la misma fecha la celebración del Día de Muertos y el Día del Patólogo y la Patóloga en México y quienes esta coincidencia les parece anacrónica e inadecuada pues, por todo lo anteriormente expuesto, formenta un estereotipo que no es representativo de nuestra actividad profesional actual. Hay argumentos válidos que respaldan ambas posturas.

            En este tema son muy esclarecedoras las reflexiones que ha escrito en varios de sus muy recomendables libros el doctor Francisco González Crussí, distinguido patólogo pediatra mexicano que ha realizado toda su vida profesional en los Estados Unidos de Norteamérica. Como puede comprenderse, el doctor González Crussí ha desarrollado una vasta experiencia en el tema de la autopsia porque esta es particularmente necesaria y frecuente en la práctica de la patología pediátrica.

Citaremos aquí algunas de estas ideas. La primera apareció precisamente en su primer libro Notas de un anatomista (FCE, 1990), en el que se encuentra un capítulo titulado Los muertos como una forma de ganarse la vida:

            “Años de efectuar autopsias me han hecho preguntarme qué efecto, si lo hay, puede haber producido en mi personalidad esta ocupación relacionada con la muerte… Así como en broma se dice que proctólogos y ginecólogos ven el mundo al revés, es de suponerse que los patólogos, quienes ven de dentro hacia fuera, han adquirido una mirada por igual desequilibrada, torcida y asimétrica, y este hábito no puede ser totalmente inocuo… ‘En nombre del cielo –reza la pregunta más frecuente–, ¿qué puede esperarse de ti, que pasas la vida rodeado de oscuridad y tu día de trabajo transcurre entre la truculencia, la sangre y la tristeza?’…

            Ante todo, debe hacerse notar que el patólogo es uno de los contados seres humanos que se interesan en los muertos como tales, en una forma peculiarmente concreta. Nadie tiene este acercamiento frontal y preciso, ni aun clérigos, científicos, místicos y poetas, de quienes sería de esperarse que incluyeran la tanatología como parte de su historial. Excepto el patólogo, los que se acercan a los muertos lo hacen despersonalizándolos, al dejar de verlos como seres humanos. Desprovistos de toda individualidad, los muertos se vuelven contemplables…

            Considérese ahora el aprieto en que se encuentra el patólogo. Cuando llega el momento de arrostrar a los muertos, está solo: los parientes son cautivos de la pena y los clérigos procuran liberarlos; el científico y el poeta, apenas se cierra la puerta del depósito de cadáveres, salen por la puerta trasera de la abstracción. Para el patólogo, empero, no hay escapatoria. Su tarea es enfrentar cara a cara a los muertos y, violando su individualidad más íntima, reunir información con la cual puedan elaborarse abstracciones verídicas y comprobables. Sin embargo, antes de que se elaboren ideas de segundo orden e hipótesis, debe hundir las manos en sangre y en secreciones viscosas y experimentar sensaciones asquerosas, olores nauseabundos y desagradables vistas…

            Abandonada a las abstracciones, nuestra mente quisiera buscar refugio en filosofías que afirman que somos únicos, pero la autopsia revela, de la manera más brutal, que somos iguales. Quisiéramos consolarnos con pensamientos que alienten nuestro deseo de permanencia, cuando la autopsia nos jala de cabellos a contemplar el espectáculo de nuestra propia disolución”.

            En un ensayo titulado La labor del patólogo, o hasta no ver no creer, incluido en el libro Del cuerpo imponderable. Ensayos sobre la visión médica y artística de la corporalidad (Academia Mexicana de la Lengua, 2020), merecedor del Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña que otroga la República Dominicana, el doctor González Crussí se pregunta lo siguiente:

            “¿Qué hace el patólogo con los órganos que extrae del cuerpo en una autopsia? Los pesa, los mide, los palpa, los huele porque no lo puede evitar –aunque preferiría no hacerlo–, los corta, les toma muestras para análisis químico, bacteriológico o de otro tipo, y –primero de todo– los mira; los inspecciona detenida y meticulosamente, por fuera y por dentro, primero a simple vista y después los procesa con las técnicas apropiadas con ayuda del microscopio. Es decir, otra vez los mira, pero esta vez a nivel microscópico.

            Es axiomático en nuestro gremio que el mejor patólogo diagnosticador  es el que más ha visto. Se entiende, el que ha visto a conciencia, sabiendo qué debe ver y qué debe pasar por alto… Entre patólogos ‘ver mucho’ quiere decir ver bien miles de casos, millares de preparaciones histológicas o ‘laminillas’, como decimos en México, y retener en la memoria los detalles pertinentes. El poseedor de tan impresionante acerbo de experiencia visual pasa por ser algo así como un virtuoso del diagnóstico microscópico, una especie de Paganini óptico, un artista de la función ocular”.

            El patólogo es, o debería, ser un maestro de la observación, un virtuoso de la mirada atenta. En una reseña sobre un libro de Francisco González Crussí titulado Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas (FCE, 2010), publicada en la revista Letras Libres (enero de 2011), Arnoldo Kraus, médico y escritor, realza esta destreza que nos caracteriza como profesionales de la observación:

            “Los ojos del patólogo no son diferentes. Lo diferente es su mirada. Miran distinto y lo hacen desde otros sitios. Sus órbitas albergan ojos curtidos por las imágenes propias de su quehacer: ven cosas vistas, no vistas y mal vistas. Al mirar, hablan y tocan. La patología es la ciencia de mirar.

… Muchas vidas dependen de los ojos del patólogo e incontables decisiones médicas de los diagnósticos histopatológicos. Los ojos del patólogo escrutan los recovecos más íntimos del ser, de sus tejidos y de sus células”.

            Esta mirada tan especial que nos distingue se adquiere hoy mediante el estudio minucioso y exhaustivo de las biopsias y órganos extirpados quirúrgicamente. Antaño el patólogo, fuese novel o experimentado, se iniciaba y experimentaba con ella a través del estudio del cadáver. Ese aprendizaje mediante la autopsia se está volviendo una rareza.

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